Un hombre cuyos errores tardan diez años en enmendarse fue, efectivamente, un gran hombre. Forjó junto a su nombre una indiscutida personalidad en la política argentina: Tenaz, carismático y persuasivo. Déspota, autoritario, anti republicano y fascista. Desde hace casi ocho décadas Argentina chapotea exhausta en la mediocridad sin poder escapar, y fueron los errores de aquel gran hombre los que sembraron las bases para el país decadente que hoy tenemos. Que hoy sufrimos.

La llegada de Juan Domingo Perón al poder, un trágico 4 de junio de 1946, significó el inicio del sendero que ha visto a Argentina desplomar su economía, antaño rica, año tras año. ¿Cómo explicar que hasta la cuarta década del siglo XX Argentina duplicaba el PBI per cápita de países como Australia y Nueva Zelanda, y hoy estos mismos nos lo doblan? ¿Por qué la inflación promedio hasta 1.946 había sido solo 2% anual y a partir de entonces acumulamos una inflación promedio de 80% anual (sin contar los periodos de hiperinflación)?

Perón arremetió desde su primer mandato con una receta devastadora; populismo demagógico, desprecio por las instituciones, manipulación de la justicia, imprudencia fiscal e irresponsabilidad en el ámbito económico. El revolucionario modelo redistribucionista, basado en la expropiación impositiva del campo y el aparato productivo del país, se agotó en cuanto una gran sequía azotó la región pampeana. Para 1.949 Argentina tenía 120% de inflación, producto de una estructura estatal insostenible utilizada para imponer el peronismo en todo el vasto territorio nacional. El segundo mandato del General estuvo agobiado por los problemas económicos auto infligidos  y terminó de la peor manera el 16 de junio de 1955.

Pero Juan Domingo era zorro. Impuso más que una idea de país, implantó una cultura. “Peronistas somos todos”, insistía. Se adueñó injustamente de tres conceptos que pasarían a conformar los pilares fundamentales de la máquina de destrucción peronista: independencia económica, soberanía política, y sobre todo, justicia social. Este último merece un análisis aparte.

Luego de los bombardeos en la Plaza de Mayo, donde murieron 364 personas, Perón dejó el poder y se exilió primeramente en Paraguay, Nicaragua, Panamá y finalmente España, donde fue recibido por su camarada político: el dictador Francisco Franco.  Pero las peripecias demagógicas del General no acabaron en el exilio. Conspiró en el ascenso y posterior derrocamiento de Arturo Frondizi. Dirigió desde allí la Resistencia Peronista, un grupo conformado por sindicalistas y militantes peronistas, que llevaron adelante actos violentos, como sabotajes, detonaciones en el ferrocarril y cortes, entre otros.

Varios gobiernos le sucedieron hasta su retorno en 1.973, en los cuales la inestabilidad social, política y económica fue un factor constante. El daño estaba hecho. Un estado insostenible, una economía sindicalizada (más que cualquiera en el mundo), instituciones devastadas, grupos extremistas violentos (peronistas o anti peronistas, azules o colorados), una república agonizante y una sociedad adicta a los líderes mesiánicos y fascistas.

Juan Domingo Perón retornó a la Argentina envejecido, enfermo y más tirano. En su última gestión el general sufrió los avatares que sus gestiones anteriores construyeron, las heridas que nunca sanaron; un país ingobernable y una ciudadanía profundamente dividida.

Finalmente sucumbió víctima de un ataque al corazón el primero de julio de 1.974, dejando en el rastro de su propela un país decadente y un provenir luctuoso.

Gabriel Gimenez.

 

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