Miraba hace unos días la famosa novela de Telefé El Sultán, y en medio del decaído argumento, algo me llamó la atención. El Solimán nombró a uno de sus Paşa gobernador de Egipto. El último, enfurecido por su distanciamiento forzado de la cúspide política del imperio otomano, sometió a los habitantes de Egipto a gran una dominación tiránica; aumentó exponencialmente los impuestos, expropió las tierras y se apoderó de las pertenencias  de sus comensales. Inmediatamente el omnipotente y omnipresente gobierno en Egipto desplomó la economía de la región y convirtió a Egipto, antaño rico y abundante, en el principal foco de pobreza en todo el Impero Otomano. Tras enterarse de esta terrible administración, el sultán tomó medidas: la inmediata ejecución de Mehmet Alí, la restitución inmediata de las tierras, la devolución de los recursos y pertenecías expropiadas y la baja súbita de impuestos. Lo que en  argentina llamaríamos el “ajuste”. Después del ajuste la economía de Egipto recuperó su fortaleza perdida y la novela continuó con los problemas maritales del Solimán el Magnífico. Toda una lección económica.

Tal como en Egipto, el estado sobredimensionado argentino es férreo enemigo del crecimiento y el principal culpable del estancamiento económico. El insostenible tamaño gubernamental lo hace incapaz de sostener su propio peso. El estado elefantiásico argentino reduce las libertades y afecta considerablemente la iniciativa de los ciudadanos, empobreciendo progresiva y sostenidamente a quienes pretende ayudar.

Ha sido preponderantemente olvidado el principal pretexto económico de un país: no existe el dinero público, sólo existe el dinero del los contribuyentes. El creciente despilfarro en las arcas públicas representa una auténtica estafa al contribuyente, que ve como el 50% de sus ingresos se van en impuestos y otro tanto con el flagelo de la inflación, establecida de antemano como una fuerza mayor irreparable, cuyo único responsable es la imprudencia fiscal.

La participación del estado en la economía argentina supera el 50% y la presión impositiva se estima en 47% del PBI. Debido a esto una persona debe trabajar 170 días anuales sólo para pagar el insostenible peso estatal, tristemente la cifra más alta del mundo.

¿Qué me ha enseñado entonces El Sultán? Que la clave de la prosperidad está en un Estado prudente y eficiente, impositivamente pagable, y que reintegre, tal como lo hizo el sultán, las pertenencias a los ciudadanos.

Gabriel Gimenez.

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