Un poderoso hechicero, queriendo destruir un reino colocó una poción mágica en un pozo del que todos sus habitantes bebían. Quien tomase aquella agua, se volvería loco.  A la mañana siguiente, toda la población bebió y todos enloquecieron, menos el rey, que tenía un pozo privado para él y su familia, donde el hechicero no había conseguido entrar.

El monarca, preocupado, intentó controlar a la población ordenando una serie de medidas de seguridad y de salud pública, pero los policías e inspectores habían bebido el agua envenenada, y juzgando absurdas las disposiciones reales, decidieron no respetarlas de manera alguna. Cuando los habitantes de aquel reino se enteraron del contenido de los decretos, quedaron convencidos de que el soberano había enloquecido y por eso disponía cosas sin sentido. A gritos fueron hasta el castillo exigiendo que renunciase.

Desesperado, el rey se declaró dispuesto a dejar el trono, pero la reina lo impidió diciendo: “Vayamos ahora hasta la fuente y bebamos también. Así nos volveremos iguales a ellos”. Entonces el rey y la reina bebieron el agua de la locura y empezaron inmediatamente a decir cosas sin sentido.

Al momento sus súbditos se arrepintieron: ahora que el rey estaba mostrando tanta sabiduría, ¿por qué no dejarle gobernar? El país continuó en calma, aunque sus habitantes se comportasen de manera errática y muy diferente a sus vecinos. El Rey gobernó hasta el final de sus días.

Del mismo modo, la realidad política argentina está repleta de mentiras y posverdades incrustadas en la opinión pública desde hace más de medio siglo. Como los personajes del cuento, nos comportamos de manera errática y diferente a nuestros vecinos, aceptamos la locura y la mentira, hasta que la realidad se vuelve tan pesada que es imposible ignorar, y cuando el efecto del hechizo se debilita, los argumentos delirantes quedan expuestos.

El afán de locura argentino ha consentido y aceptado el descrédito internacional, la segunda inflación más alta del mundo y la corrupción, que una vez alejado del encantamiento populista condena.

En la política argentina se ha naturalizado la mentira, contaminada por los prejuicios colectivos, más evidentes que nunca en el fragor de la campañas política. Las aseveraciones o afirmaciones en la política han dejado de basarse en hechos objetivos, para apelar a las emociones, creencias o deseos del público.

La mentira en la política ha existido siempre,  pero nunca ha tenido tanto peso como ahora. La opinión pública está más dispuesta que antes a tolerar el embuste o a apoyar proyectos basados en falsedades.

Hemos bebido del pozo de la locura por más de una década, disponiendo cosas sin sentido y castigando la razón, aceptado el engaño  y confundido la realidad con la ficción. El ciudadano deberá decidir si afrontar lucidamente los problemas o tomar, una vez más, el agua encantada.

Gabriel Gimenez.

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