Como un perro fiel que sigue incansable a una persona, el estigma persigue casi empecinado a los políticos, y todos hemos caído en el peyorativo de “este es un payaso” o “que impresentable”. Pero, ¿nuestra clase política es mediocre o es la refracción de la sociedad? Por más absurda y grotesca que pueda parecer una promesa electoral, o incluso una medida política, no son más que el fiel reflejo de un sector abarcativo de la opinión pública.

Aceptamos la mentira y las falsas promesas con naturalidad, la corrupción como algo que si no hacen unos, lo harán de igual forma los otros, y asumimos que si algunos lo hicieron mal, los demás lo harán aún peor, a muchos los odiamos, para luego quererlos un poquito más. No obstante, por más que cueste aceptarlo, es la misma sociedad la única responsable de lo que hablan y también de lo que callan nuestros representantes.

Las aseveraciones o afirmaciones en la política han dejado de basarse en hechos objetivos, para apelar a las emociones, creencias o deseos del público, y los dirigentes corren extasiados a brindar alivio –o consuelo- a esos deseos y creencias, muchas veces irracionales e instintivos. Se trata a la sociedad como un niño al que hay que comprarle un dulce o un juguete para que se calle.

Un político se vuelve popular cuando logra expresar lo que muchos piensan pero que no encuentran los medios para decirlo, por lo tanto ese político se vuelve la voz de aquellas personas. Detrás de una esperpéntica propuesta electoral o un estrafalario representante hay un sector de la población haciéndose eco y encontrando su voz.

Por todo lo anterior, cada vez que nos sorprendamos por las actitudes de nuestros dirigentes, propongo que como lo he hecho yo en esta nota, llamarse a la reflexión, hacer mea culpa, porque el político que tanto odiamos es un reflejo de esta sociedad.

Gabriel Gimenez.

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