A casi nueve años de su fallecimiento, la vieja casa en la esquina de 25 de Mayo y Corrientes tiene un cartel de «SE VENDE», y es imposible no sentir algo de nostalgia por el recuerdo de aquel hombre que le dedicó su sabiduría, su vida, su alma y todo lo que pudo a la salud de cada niño que se dejó caer con incalculable confianza sobre sus afectuosos brazos. El árbol, siempre endeble, donde tantos niños nos balanceamos cuando esperábamos por su ayuda en la vereda rugosa de la casa, parece haber recuperado, no sin algo de tristeza, su vigor y endereza. Todavía adjunta a la pared está su placa: «Doctor Euser Carlos Sticca, Médico Pediatra», resguardando aún el recuerdo de los transeúntes que se detienen enfrente, inclinan la cabeza y reconocen con felicidad melancólica todo lo que el Doctor hizo por ellos, sus hijos o sus nietos. Esa esquina, esa casa es un monumento a su querida memoria.

«Hola, ¿quién es la última?». Era lo primero que había que decir apenas se adentraba en sala con un niño enfermo de la mano, y lo que inmediatamente viene a mi mente cuando rememoro las mañanas y tardes completas que pasé en el consultorio del Doctor Euser Carlos Sticca (para mí simplemente El Doctor Estica). Las paredes blancas –ningún cuadro– de aquella sala eran el significado mismo de la espera incansable y la paciencia inagotable. Pero si había que esperar un día completo por un simple dolor de garganta se lo hacía sin chistar, sin quejarse ni preguntar cuánto falta. Sticca era una garantía. Si había que confiarle a alguien la salud, la vida de un niño, él era el indicado. Con solo escuchar la voz áspera y la característica carraspera del doctor detrás del crujido de la pesada puerta blanca que separaba a la sala de espera del consultorio  cualquier mal simplemente se desvanecía lentamente. Y cuando esa pesada puerta blanca comenzaba a abrirse, acompañada siempre por los últimos comentarios y recomendaciones del Dr. Estica, la cara de los presentes se iluminaba como si estuvieran mirando abrirse las propias puertas del cielo. Con una mano sobre el marco de la puerta, su guardapolvo blanco y su mirada cansada y voluntariosa esperaba a la presurosa madre y al niño/a. Y después del beso o el apretón de manos –que te hacía crujir los huesos–, ya era casi imposible recordar qué afección te había traído hasta él. Quienes hayan requerido alguna vez sus servicios, sobre todo los niños, saben bien que su presencia era casi como hablar con Dios. Sus ojos templados, serenos detrás de sus pesados lentes y la infinita sabiduría que transmitían. ¿Qué podía salir mal?

El frío cuero de la camilla. El estetoscopio recorriendo firme y discontinuamente la espalda huesuda propia de los niños que miran entregados a su conocimiento. El escritorio grande entre él y sus pacientes y su figura firme detrás de él. Su inconfundible e inentendible letra de doctor. Todos esos diplomas colgados sobre las paredes blancas que nunca eran suficientes. Las fotos familiares enmarcadas sobre los añejados muebles. El brillo del sol tenue entrando a través de la cortina transparente. La cerámica blanca gastada de tanto paso. Aquella puerta al final, que seguramente era un pasaje a otra dimensión. La biblioteca de un lector voraz. La pipa humeante en la boca. La chanchita sobre la chimenea que le había regalado una paciente siempre con suave música clásica. Y, por supuesto, la antigua silla mecedora que crujía excesivamente en la que todos nos hamacábamos hasta que el doctor gritaba un rotundo “basta”. Su constancia siempre fue un faro. Y su disciplina salvar vidas. No ha habido en mi vida otra persona que sea mejor ejemplo de pasión, entrega y esmero. Y estoy seguro de que muchos lo recuerdan de esta manera.

Podía imaginarlo sentado en aquella vieja silla mecedora descansando. Pero no. Nunca descansaba. –¿Como está Doctor? –preguntaba mi mamá. –Cansado –respondía. Siempre estaba cansado, pero no por eso menos dispuesto. Era el cansancio del bueno, si es que existe. –Se tiene que tomar vacaciones –insistía mi mamá. –¿Vacaciones? ¡¿Manejar  un día entero como un hijo de puta para estar peor que en mi casa?! ¿Un baño que no es el mío y una cama más incómoda? –respondía categóricamente. Tal vez la verdadera razón era que siempre había alguien que lo necesitaba. Dios no se puede tomar vacaciones. –Este fin de semana si puedo voy a visitar a mi mamá –continuaba. –¡¿Tenés mamá?! –preguntábamos totalmente incrédulos. Sí, Dios también tenía mamá.

Ya sea porque el nene ser tragó un chupetín completo (con el palo incluido) era suficiente motivo para llamarlo un Domingo de Pascua a las 3 de la tarde. –Ya se lo tragó, ya pasó, ya está –respondía el Doctor al teléfono. No era nada grave, pero nada como la voz sanadora del Doctor Estica para que todos respiráramos aliviados. Y a seguir jugando.

El recuerdo del Doctor Sticca, hasta en el último suspiro de vida lleno de agradecimiento de sus pacientes, hijas y nietos.

 

Gabriel Gimenez.

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