Un país asiste al ocaso –ojalá definitivo– de una era. Y aunque los vencedores (la república y quienes aún creen en ella) se llevan una amarga victoria pírrica, es, al fin y al cabo, una victoria. Por supuesto que el enemigo no se entrega sin dejar en la batalla hasta el último de sus alientos, y no escatima en refunfuñar contra lo que considera una persecución política sin precedentes “por sacar a tantos pibes de la pobreza”, y seguramente algunas otras cositas. Pero cuando los más abyectos palidecen exhaustos ante la justicia en búsqueda de piedad, los primeros quedan aún más expuestos en la arrogancia, la desesperación, y más aplastados por la contundencia irrefutable de las pruebas.  Faltó tan poco para terminar de implementar el exitoso modelo bolivariano que tantas alegrías le está dando a Venezuela. Tan solo por eso es una victoria. Un final feliz.

El Kirchnerismo está, sin duda, en el lugar más oscuro de la historia argentina. El daño a las instituciones y, sobre todo, a la moral que han dejado estos tristes doce años de populismo demagógico tardará años en sanar, y en cualquier caso dejará una cicatriz imborrable. Pero podemos ir a dormir un poco más tranquilos sabiendo que estamos por el momento a salvo de aquellos que se presentaron como los salvadores de la patria. Y que el <<volveremos, volveremos>> se desvanece lentamente junto al hastío de ver tanta delincuencia.

Será un epitafio memorable para todo el período kirchnerista la frase que espetó la ex presidenta en su discurso ante el Senado, <<No me arrepiento de nada>>. Y cuando todo esto sea un mal recuerdo, nos ayudará a comprender mejor la arrogancia, la perversidad, la inmoralidad y el cinismo que esconden esas palabras, y que ilustra también lo que fue todo el mandato.

Podemos lamentarnos de la plata que se esfumó, y que seguramente no aparecerá en su totalidad. De las obras que pudieron haber mejorado la calidad de vida de las personas y nunca se hicieron. De haber desperdiciado la coyuntura económica más favorable para Argentina en 70 años y permitido semejante descrédito internacional. Del 30% de pobreza en un país tan sumamente rico. De haber perdido el vínculo con la verdad, tan indispensable en una sociedad que estime el progreso. De tolerar tanta hipocresía y, por supuesto, del descomunal sistema de corrupción que se nos ha colado. Pero hay aún más razones para ser optimista. Logramos torcer un destino que se planteó en algún momento inexorable, y cuyas consecuencias nos acechaban. Si bien el camino ha sido doloroso, también ha sido debelador. Hemos ganado una batalla contra la imprudencia y la impunidad.

Tal vez tenemos un barco viejo y resquebrajado, y una tripulación hambrienta, pero estamos todavía a flote.

Gabriel Gimenez.

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