La izquierda es infame, es corrupta y es hipócrita, y es muchas cosas más, pero con eso basta. Los ideólogos de esta infamia se estrujarían la frente al ver en qué ha devenido el sueño inconquistable de una sociedad justa y equitativa: un estado elefante que enfunda el progreso únicamente en su capacidad de repartir la dadiva, en detrimento, por supuesto, del aparato productivo del país, cada vez más víctima del populismo de turno.

La izquierda es infame porque se calza la piel de la oveja, cuando es el lobo. Porque vende un paraíso que nunca, a lo largo de su triste historia, fue capaz de alcanzar. Y lo vende a través del monopolio de algunas palabras, cuyo apoderamiento es lamentablemente su logro más digno. Porque si cualquier argumento viene atado de del mote social, popular, o el famoso generalizador <<la gente>>, está  perdonado de antemano, a pesar de que cada intento ha resultado infructuoso.

“El infierno está lleno de buenas intenciones, y el cielo repleto de buenas obras”. Tal vez el mayor error de la izquierda haya sido –en un principio, y sólo en un principio– las buenas intenciones. Las cuales nunca llegaron a concretar buenas obras; pues estas requieren algo más que un simple optimismo infundado. Este fracaso rotundo provocó que la izquierda abrazara el oportunismo (el viento en popa que dejó alguna que otra buena obra), que una vez transformado en populismo, atizó la demagogia, y a su vez la corrupción.

Reniega de la pobreza, pero la necesita con desesperación para respaldar su discurso. Lo que tal vez explica que durante los últimos setenta años la pobreza en Argentina no ha parado de crecer (30 % actualmente), y en los cuales la izquierda gobernó casi ininterrumpidamente (sin contar los gobiernos de facto). En fin, ama tanto a los pobres que los multiplica.

“El socialismo busca tratar a todos como si fuéramos iguales, pero no lo somos. Esta realidad implica que para lograr el mismo efecto en personas diferentes, deberá tratarlas de forma diferente. Y esto lleva directamente a la destrucción del imperio de la ley”, afirmaba el economista ganador del premio Nobel, Friedrich Hayek. Y la historia nos da algunos ejemplos: Cuba, la Unión Soviética. Y algunos más recientes como Venezuela, Nicaragua y Corea del Norte.

Tal vez el ejemplo más representativo en la actualidad sea Venezuela. Hugo Chávez tomó el poder hace casi 20 años prometiendo que la izquierda le devolvería al país la riqueza y la igualdad. Hoy, Nicolás Maduro, estoico heredero del comandante, prometió, al igual que su antecesor, la soberanía económica, y repatrió la pobreza; pregonó la igualdad, y repartió igualitariamente la miseria. Aún así, esta debacle tiene sus influyentes aliados: El Papa Francisco, tras su discurso renovador, refunfuña contra el capitalismo rabioso y calla ante la infamia de los gobiernos populares de izquierda.

Mientras tanto, Maradona viaja en un jet privado desde su mansión en Dubai, sobrevuela las largas colas de venezolanos que se agolpan en los mercados custodiados por militares a la espera de comprar lo que queda de pan, y se sube a un escenario a festejar el ridículo triunfo en las elecciones de Nicolás Maduro. Los partidos de izquierda en Argentina gastan cientos de miles de pesos empapelando las ciudades con el eslogan <<No volvamos al FMI>>, como si la fiesta popular que embanderan se pagara con ilusiones. En tanto cientos leen a Marx sentados en una cómoda silla de cuero –made in China– frente a una Mac Book.

Gabriel Gimenez.

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