“Miente, miente, que algo quedará”. La famosa frase atribuida al Joseph Goebbels, el cerebro detrás de la propaganda nazi (aunque si la misma es legítimamente suya es un tema aparte), requiere hoy un análisis especial. En una época donde la posverdad, la mentira y los sofismas son un fantasma que flanquea constantemente a la opinión pública, las noticias falsas -o fake news- representan el pináculo del embuste.

Los artículos falsos empezaron a tener un lugar en el debate hace aproximadamente dos años, cuando algunos intelectuales y referentes del periodismo serio los identificaron como una amenaza al sistema democrático, por su capacidad de influencia en los procesos electorales. Pero analizando todo el espectro, las fake news existen porque hay público que las demanda. La verdad seria incomoda, o al menos aburre; la mentira mórbida espanta y seduce al mismo tiempo. En ese sentido, algunas investigaciones han demostrado unánimemente que una noticia falsa con un título llamativo y engañoso se transmite casi tres veces más rápido que una noticia verídica.

Pero los mayores efectos negativos recién se están conociendo. Entre sus devastadoras consecuencias se le atribuyen, en parte, el triunfo electoral de Donald Trump, cuya campaña estuvo plagada de espacios patrocinados en las redes sociales destinados a la tergiversación y desinformación, y que actualmente están siendo investigados por la justicia norteamericana. Asimismo, estudios posteriores al Brexit en Gran Bretaña relevaron una estructura de cuentas falsas dirigidas a influir en el referéndum a fuerza de engaños.

Para su calamitosa difusión, este tipo de noticas requiere un medio, para lo cual las redes sociales representan un hábitat ideal. Facebook se ubica indiscutiblemente a la cabeza del ranking, lo que le está trayendo dolores de cabeza a Mark Zuckerberg. Aunque, sin duda, Facebook, Twitter y Whatsapp -entre otras-, son solo plataformas de interacción entre personas, no empresas de medios, y recae en sus usuarios la responsabilidad de rechazar o difundir el contenido falso.

Sin embargo, el mejor antídoto para las fake news no es la simple prohibición, ni la regulación de los contenidos en internet, medidas que ya se discuten en los parlamentos de algunos países. El libre albedrío y difusión de las distintas opiniones no es algo que haya que negociar. Son las personas las que deben auto concientizarse, aprender e informarse para identificar este flagelo.

Gabriel Gimenez.

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